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martes, 23 de septiembre de 2025

UNA BUENA RAZÓN PARA LLAMARLA TORRE DEL "TARDÓN" (ALCARAZ. ALBACETE)

Una de las preguntas más recurridas por los visitantes y turistas de Alcaraz, cuando ven las torres de la plaza Mayor, es por qué la del reloj se llama torre del Tardón. Las hipótesis que se han aventurado son muchas, pero ninguna podía ser demostrada documentalmente. Sin embargo, leyendo las actas del Archivo Municipal de Alcaraz he encontrado un documento que justifica más que sobradamente que a la torre se le llame del Tardón. 

24 de agosto de 1769, San Bartolomé, fiesta de guardar. Ese día, como venía ocurriendo con frecuencia, el reloj de la torre de la plaza no dio la hora que avisaba de la misa de once. Esta misa era la más concurrida de Alcaraz, a ella acudían las autoridades, encabezadas por el corregidor, y, tras él, el séquito de regidores, oficiales y gentes del común. Un tercio de la población prefería esta misa, el resto se repartía entre las cinco iglesias de Alcaraz. La desproporción es evidente y con ella cierto rencor de los religiosos hacia la población civil.
Torres de la Trinidad y El Tardón, con el reloj municipal, adosada a la lonja del antiguo convento de Santo Domingo

El convento de Santo Domingo, que como sabemos estaba en la plaza Mayor, no tenía su acceso por la fachada principal, sino por la espalda. La lonja del convento, que daba a la plaza, era propiedad del Ayuntamiento, al igual que la torre del reloj, gemela de la de la Trinidad, pero más destacada en altura. Otra vez el poder civil superaba al religioso. Aunque fuera sutilmente, este detalle se entendía como todo un símbolo. Su reloj marcaba las horas de los hombres, frente a las campanas, que marcaban el tiempo de la oración. En la planta baja, una puerta de arco ojival daba acceso a la iglesia del convento, sobre ella destacaba el escudo municipal, toda una declaración de intenciones. 

Arco ojival de entrada a la iglesia del convento. En la clave, el escudo de Alcaraz para demostrar que la lonja era propiedad del concejo.




Escudo de Alcaraz en la clave del arco de entrada a la iglesia. La lonja era propiedad del Ayuntamiento hasta la misma puerta

Este poder civil, representado por el concejo y regimiento, había llegado, hacía muchos años -siglos, más bien- a un acuerdo con los frailes para que todos los domingos y fiestas de guardar se dijera una misa de once en su iglesia, tocando, no las campanas del convento, sino la campana del reloj del concejo. A cambio los frailes habían recibido el agua -tan escasa en Alcaraz- dentro de su monasterio, a través de conductos subterráneos, una obra pública que se compensó con la cesión de esa misa “concejil”. De ahí que fuera la favorita de la población.

Sin embargo, aquel 24 de agosto, jueves, al igual que había ocurrido el domingo, día 20, la gente esperó la hora que no llegó. El reloj sonó a las diez, pero no a las once, habiéndose parado la aguja hasta que pasó, a su debido tiempo, a los tres cuartos de las doce. Los frailes no esperaron ni avisaron a nadie, celebrando la misa a su hora. Más de doscientas personas se quedaron sin el precepto dominical, entre ellas el corregidor, lo que causó “nota y escándalo” en Alcaraz.

Por estos hechos, las autoridades abrieron un expediente para averiguar la tardanza. Se requirió al relojero municipal, un oficio al que el concejo pagaba un sueldo anual por la importancia que tenía el control del tiempo para la población. Salvo los campesinos, que calculaban la hora por la posición del sol, pocas personas podían regir sus vidas si no oían el toque del reloj. El relojero dijo que podría haber algunas causas mecánicas, como polvo o arena que se hubiera introducido en los muelles o en las ruedas. Para descartar o confirmar otras causas, puso la mano y su disparador en las once, dejándola caer para que diese esta hora, pero no levantó el disparador. Lo mismo repitió a las doce, a la una y a las dos, pero en ninguna ocasión funcionó. Después el procurador ordenó al relojero que levantase varias ruedas y pusiese el reloj en posición de dar las doce y quedase corriente, como lo había estado hasta las diez. Así lo hizo, y funcionó, lo que demostraba que el problema había sido culpa del relojero o de una tercera persona. 

 EL SABOTAJE DEL RELOJ

¿Quién podía acceder al reloj, aparte del relojero? Solamente el convento, ya que tenía acceso directo a la lonja alta y desde allí a la puerta de la torre, cerrada con un candado por fuera del que había una única llave en poder del padre prior. Desde ese día se quitó el candado y se puso una cerradura con llave por dentro de la torre, que quedaría en poder del concejo (al igual que tenía la llave de la planta baja de la lonja), con el fin de impedir el acceso de los frailes, a los que se reprendió y se les advirtió de que, en caso de sucesivos retrasos, avisasen a las autoridades para que dispusiesen lo que conviniera, y que no empezaran nunca la misa de once si el reloj no había tocado, bajo amenaza de dar cuenta de los hechos al Provincial de la Orden y tomar las medidas oportunas. 
Las torres en una fotografía de principios del siglo XX en la que se observa el tejado de mayor altura de la iglesia del convento. Pedro Román.


 En conclusión, creemos que este hecho, que parece anecdótico, pero que refleja las tensas relaciones entre el poder civil y religioso, tiene la suficiente entidad como para haber dado origen al apodo, con socarronería por parte del pueblo, de “el tardón”. El hecho debió quedar grabado en la memoria colectiva y transmitirse de forma oral, de generación en generación, pero - y esto es lo interesante- quedó recogido en las actas municipales. De ahí que lo hayamos rescatado y podamos disfrutar de esta historia con la que viajamos en el tiempo y conocemos las mentalidades pasadas.
Acta de 25 de agosto de 1769 donde se da cuenta del suceso que relatamos. Archivo municipal de Alcaraz.


lunes, 25 de agosto de 2025

EL VÍNCULO DE LA CASA DE LOS FERNÁNDEZ CANTOS (1725-2025). 300 AÑOS DE HISTORIA

 

El VÍNCULO DE LA CASA DE LOS FERNÁNDEZ CANTOS (1725-2025). 300 AÑOS DE HISTORIA

El escaso patrimonio urbano conservado en Albacete justifica más que sobradamente que hoy hablemos de una de las dos casas anteriores al siglo XVIII que se han conservado. Nos referimos a la conocida como «Casa Perona» o «Casa Carcelén», por los apellidos de sus últimos dueños.



Se cumplen, además, trescientos años desde la fundación de un vínculo y mayorazgo que incluía este inmueble, lo que nos ha permitido rastrear su historia y determinar que el nombre exacto que le corresponde es el de casa de los Fernández Cantos.

No es extraño que se sitúe en la calle de la Feria ya que siempre fue una de las más transitadas. La razón es que el camino real al pasar por Albacete tenía varios accesos, uno de ellos lo hacía a través de su itinerario.

 LA IMPORTANCIA DE LA CALLE Y SUS CASAS

 El nombre de calle de la Feria es muy antiguo, sin duda que va unido a la celebración de las ferias en la Edad Media. Aparece escrito por primera vez en 1444 cuando se reparó la barrera, con que se cerraba la calle, en caso de peligro o epidemia. En esa barrera se colocaba una puerta de acceso, llamada en este lugar de la Feria o de las Almenas.

Por ese motivo las visitas reales tales como la de Carlos III en 1731, o la de su hija, la infanta María Luisa, en 1765, hicieron su entrada por esta calle que se engalanaba, se empedraba e iluminaba para agasajar a la Corte.


En esta calle vivían los personajes más ilustres, ricos e influyentes, por ello en los alistamientos de viviendas para acomodar a los reyes cuando transitaban por Albacete, la calle con más casas de primera categoría era la de la Feria. La de don Juan Fernández Cantos, que es la que nos ocupa, en 1765, tenía disponibles tres habitaciones con tres camas, diez pesebres y un parador de carros, por lo que parte del séquito de la infanta María Luisa se alojó en ella. No sería la única ocasión, según Alberto Mateos, el 22 de agosto de 1812 se alojó en ella el rey intruso José Bonaparte, huyendo de Madrid a Valencia. También la visitó Isabel II, quien sólo paró para almorzar y no pernoctar como se dice, el 10 de septiembre de 1860, camino de Alicante.

Oficio comunicando que Isabel II se detendría en la casa de don Miguel Fernández Cantos para almorzar el 10 de septiembre de 1860 


Pero no sólo acogió a personalidades, sino también a instituciones, como fue el caso de la Audiencia Territorial. Según Roa Erostarbe, en 1834, sirvió de sede para instalar provisionalmente el Alto Tribunal, mientras se formaban los planos del proyecto. Su dueño, don Miguel Fernández Cantos Carcelén, la desocupó con este objeto y la cedió gustoso a este fin.

 HISTORIA DE LA CASA

El inmueble formaba parte de un vínculo creado en el testamento de don Juan Fernández Cortés Cantos el 30 de diciembre de 1725. El motivo para testar no fue la cercanía de la muerte -pues él fallecería en 1734- sino asegurar unos bienes, que, en caso de que él falleciera, permitieran finalizar los estudios eclesiásticos a su hijo don Antonio, que aspiraba a ordenarse sacerdote, una carrera de la que su padre, que era familiar del Santo Oficio de la Inquisición de Murcia, se sentía muy orgulloso pues suponía prestigio para el linaje y apoyo espiritual para la familia.

1.     Testamento y fundación del vínculo sobre la casa de la calle de la Feria de don Juan Fernández Cortés Cantos el día 30 de diciembre de 1725

 El vínculo incluía unas casas principales en las que vivía, «que están en la calle de la Feria de esta población, linde con otras de doña Isabel Benítez, mi prima, y de don Luis Verdugo, conde de la Moraleda, y por las espaldas con la calle de Albarderos, con sus portadas a ella y veinticuatro tinajas que hay en el sótano y cueva de dichas casas, de cabida de mil arrobas poco más o menos».

 

1.     Sótano con bóveda de cañón rebajado y ventanas con lunetos en el sótano dónde se guardaban 24 tinajas.

Don Juan era un personaje de alta alcurnia, hijo de Juan Fernández Felipe Cortés y de doña Mariana de Anguix y Argüello, y nieto de Juan Fernández Cantos, hidalgos, ricos propietarios de tierras, ganados, y habitualmente regidores y otros cargos del concejo. Su esposa, doña María de Cantos Barnuevo, no se quedaba atrás pues pertenecía al linaje de los Cantos, el más importante de Albacete. ¡Y qué decir de los Barnuevo, emparentados con la más rancia hidalguía de Chinchilla!

 Para su encumbramiento personal, el 12 de octubre de 1709, fue reconocido como hidalgo notorio de sangre por el concejo, presentando la certificación de armas de los linajes de sus antepasados: Fernández, Felipe, Benítez y Cortés. Este reconocimiento implicaba disfrutar de todos los privilegios de la hidalguía y el permiso para colocar los escudos de armas en la portada de su casa, en sus capillas de enterramiento, vajillas, joyas, reposteros...

 LOS SUCESORES DEL VÍNCULO

 Gracias a los mayorazgos, los bienes se mantuvieron en las mismas familias hasta la desaparición de esta institución a mitad del siglo XIX. Mientras tanto, los herederos no podían vender, ni enajenar, ni dividir, sólo acrecentarlos para transmitirlos a sus sucesores con el fin de mantener la integridad del patrimonio familiar. De esta forma la casa llegó al siglo XX íntegra, aunque con las reformas y el sello personal que cada dueño le imprimió según sus gustos y necesidades.

Calle de la Feria en un desfile en los años 50 pasando por delante de la casa

 El vínculo creado por don Juan estipulaba que el sucesor sería don Antonio, pero al ser clérigo, no tendría descendencia, por lo que la línea seguiría preferentemente por el hijo mayor varón, en este caso, su hermano, don Juan, que se casó con doña Antonia Castellanos. Ellos fueron los padres de don Francisco, casado con doña María Antonia Carcelén, y padres a su vez, de don Miguel, nacido en 1795, político que destacó por la defensa de Albacete como capital de la provincia, y fue gobernador de ella. Durante su etapa la casa fue conocida como «casa Carcelén». Contrajo matrimonio con María Josefa Ladrón de Guevara el 5 de marzo de 1823, padres, a su vez, de otro Miguel, que se casó con María Encarnación Núñez de Aro en 1853. De este enlace nació una niña en 1857, llamada Anunciación, que contrajo matrimonio el 18 de agosto de 1878 con Joaquín Velasco Rodríguez, abogado de Hellín. Este, como marido de doña Anunciación, vendió la casa en 1921 a don Ignacio Martínez Molina, quien se hizo también con la contigua, lindera al callejón de las Portadas. El 14 de marzo de 1934 adquirió toda la finca Benedicto Perona Escribano, de ahí que la casa sea conocida como «casa Perona».

 

1.     Certificación de la contribución urbana del año 1881 sobre la casa de don Juan, que ya había sido heredada por Anunciación Fernández Cortés, esposa de don Joaquín Velasco, quien figura como propietario.

Es a raíz de esta fecha cuando el edificio sufrió sus últimas reformas, se alquiló y, parte de él, se explotó como churrería, según nos muestran las fotografías antiguas. A finales del siglo XX la casa se encontraba en un lamentable estado de abandono, por lo que fue adquirida por las Cortes de Castilla La-Mancha para albergar la institución del Defensor del Pueblo, creada en mayo de 2002. El 19 de octubre de 2005 se inauguró, siendo presidente de Castilla La-Mancha don José María Barreda Fontes. El edificio fue adaptado a su destino como oficinas de la administración pública, hoy, Delegación de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha.

     Fotografía de los años 70 en la que se observa la casa y la churrería de la esquina

 

LA CASA Y LOS ESCUDOS

¿Cuáles son los elementos más antiguos que conserva esta casa?

Como ya hemos mencionado, los escudos se colocaron alrededor de 1709, por lo que la portada es el elemento más remoto, aunque la casa existía desde tiempo atrás. Según la descripción que hace su dueño en 1725, hasta nosotros ha llegado el sótano y cueva donde se alojaban 24 tinajas con capacidad para 1.000 arrobas (de vino). La casa ha reducido su planta considerablemente, puesto que tenía salida a la calle Albarderos. En la certificación de la contribución urbana de 1881 consta que tenía dos plantas, sótano, cuadras, cochera, jardín, cocedor, granero, noria y descubiertos. El edificio tenía 1.424 m. y el jardín 620 m.

Caja de la escalera y cúpula con linterna que da luz a todas las plantas. Finales del siglo XVIII.

Del último cuarto del siglo XVIII, fecha en que data su construcción Luis Guillermo García-Saúco, se conserva la escalera alojada en la caja rectangular, sobre la que culmina el tambor con trompas aveneradas que dan paso a la cúpula con linterna con luz para todas las plantas. En exterior la cúpula está revestida de tejas vidriadas en azul y costillas en blanco de inspiración levantina y permitiría su identificación desde la lejanía cuando las casas eran de escasa altura.

1.     Fotografía de la calle de la Feria en la que se observa al final la cúpula de la casa de los Fernández Cantos al no existir viviendas de gran altura. Principios del siglo XX



De la segunda mitad del siglo XIX se conserva el zaguán con puerta que lo une al resto de la casa, en cuyo altillo figuran las iniciales FMC, acrónimo de Miguel Fernández Cantos. La M está colocada en el centro por estética.

1.     Altillo de la puerta del zaguán con las iniciales FMC, que corresponden a Miguel Fernández Cantos (aparecen desordenadas por estética). Segunda mitad del siglo XIX

Por último, las yeserías en los techos y puertas de la planta noble, de estilo neo renacentista, corresponden a los años 20-30.

 

Habitaciones de la planta primera adaptadas para oficinas con yeserías en techo y umbrales de los años 20-30 del pasado siglo.

ANÁLISIS DE LOS ESCUDOS

Los escudos pertenecieron al matrimonio de los titulares, Don Juan Fernández Cantos (o Cortés Cantos, de ambas formas se denomina) y doña María de Cantos Barnuevo, por eso los yelmos se miran entre sí, como suele suceder en los escudos acolados de las parejas, aunque la colocación siniestrada del de la izquierda esté en contradicción con los principios heráldicos, que indicaría, en otro caso, bastardía.

1.     Portada principal con los escudos de la hidalguía reconocida a don Juan en 1709.



1.     Escudo cuartelado con los apellidos de los antepasados más ilustres de don Juan: Fernández, Felipe, Benítez y Cortés (tomados del diccionario de heráldica de Mogrobejo)

 El escudo principal es el de la izquierda de la portada vista de frente, pero, que, en heráldica, es la derecha, porque el escudo se interpreta como si lo portase quien lo usa, habitualmente, un guerrero. Al ser el escudo principal, corresponde al varón. Está dividido en cuatro particiones. El primer cuartel es el del primer apellido, Fernández, y se describe así: en campo azur cinco flores de lis puestas en aspa y bordura de gules con ocho sotueres de oro. El 2º, corresponde a los Felipe, que traen en campo de gules, una banda de oro engolada en dragantes de su color. Bordura cosida de gules, cargada de ocho cartelas, cuatro de plata y cuatro de oro alineadas, éstas últimas cargadas con una F de azur, puestas en los ángulos. El 3º es de los Benítez, en campo azur un león de oro rampante, bordura de gules con ocho sotueres de oro. El 4º es de los Cortés, en campo de oro cuatro palos de gules y bordura de azur con ocho cruces de San Juan de Jerusalén de plata. Son las armas que usan los Cortés de Chinchilla.

 Con respecto al de la derecha, este perteneció a doña María de Cantos Barnuevo. Fusiona las armas de los Barnuevo y los Cantos, apareciendo en primer lugar el de los Barnuevo por ser un linaje muy prestigioso, descendiente de los siete linajes de Soria. El primero lo podemos definir así: cuartelado, 1º y 4º de gules un castillo de oro. 2º y 3º, de azur una cruz de Calatrava de oro. El de los Cantos se puede definir como un águila empietada de un conejo o cordero.

1.     Escudo fusionado de Barnuevo o Barrionuevo y Cantos (proceden de ejecutorias de hidalguía)

 

En conclusión, la importancia del inmueble merece que se respete su historia y se denomine de aquí en adelante casa de los Fernández Cantos.

   Cúpula levantina con tejas vidriadas en azul y costillas blancas



martes, 8 de julio de 2025

LA TOMA DE POSESIÓN DE LA VILLA DE ALBACETE POR PARTE DE LA EMPERATRIZ ISABEL

Retrato de Isabel de Portugal por Tiziano. Museo del Prado

El día 15 de abril de 1526 el emperador Carlos V comunicó que la villa le había sido otorgada como dote a su esposa con todos los derechos inherentes a tal señorío. El acta de toma de posesión, por medio de un representante, tuvo lugar el día 7 de junio de ese año, cuando Isabel todavía se encontraba en Granada disfrutando de su luna de miel junto al emperador (1). El acto ceremonial y protocolario está cargado de simbolismo (2), de signos visibles del poder regio como vehículos de propaganda ideológica que merecen la pena comentar porque ponen de manifiesto el cambio político en la villa de Albacete, que pasará de pertenecer a la Gobernación del Marquesado de Villena, una villa de realengo, a ser villa de señorío, no de cualquier noble, sino de la mismísima emperatriz Isabel de Portugal (3).
Acta de toma de posesión de la villa de Albacete en nombre de la emperatriz. 7 de junio de 1526.


La boda entre Carlos V e Isabel se había celebrado pasada la media noche del día 10 de marzo en Sevilla. En concepto de arras, el emperador la dotó con 300.000 doblas, aseguradas sobre las rentas de Úbeda, Baeza y Andújar, más otras 40.000 respaldadas por las rentas de varias ciudades y villas (Soria y Alcaraz, y las villas de Molina, Aranda, Sepúlveda, Carrión, San Clemente, Albacete y Villanueva de la Jara) para sustentación de su casa. En dichos lugares ella dispondría de los derechos inherentes a tal señorío: jurisdicción civil y criminal, alcabalas, tercias y otras rentas, las alcaldías, alguacilazgo, escribanías públicas y de rentas y otros oficios públicos.
Mapa de ciudades y villas adjudicadas a Isabel de Portugal como dote de bodas


El 30 de abril se comunicó al concejo de Albacete que el doctor Garcés tomaría posesión de la villa para separarla de la jurisdicción del marquesado de Villena y adscribirla a la emperatriz, a su Consejo y a las personas que la administrarían, con nombramiento de los oficios de justicia (4).
Provisión de 18 de abril de 1526 comunicando a la villa de Albacete que esta junto con sus rentas y jurisdicción había sido entregada a la emperatriz


La toma de posesión o entrega de la villa a la emperatriz es un acto ceremonial en el que participan, reunidos en concejo general o abierto, los integrantes del concejo, del marquesado de Villena y los vecinos del pueblo. Por parte de la emperatriz asisten el comendador de Lopera, Rodrigo Enríquez, gentilhombre de la casa real, y el doctor Lorenzo Garcés, caballero de la Orden de Cristo, del Consejo de la emperatriz. Rodrigo Enríquez, por parte de la emperatriz, y Miguel Garijo, escribano del concejo albacetense leyeron las dos cartas misivas y la provisión firmadas y selladas sobre toma de posesión del señorío.
Firma autógrafa de la reina


El ritual se componía de tres partes: presentación de los documentos, lectura pública y acatamiento. La lectura pública tenía el mismo valor que el pregón porque una vez leídos y escuchados esos documentos por el numeroso público congregado en el ayuntamiento, comenzó a surtir efectos el contenido. Tras la lectura llegó el acto de acatamiento y obediencia quitándose los componentes del concejo los bonetes y gorros, besando las cartas reales y poniéndolas sobre sus cabezas; por último, expresando que las obedecían con la mayor reverencia y acatamiento que podían.
Quitarse el sombrero se explica como acción política y urbana de hacer cortesía a otro. También el gesto de destocar la cabeza ante una real carta es señal de vasallaje y obediencia. El beso al documento real, con su sello, simboliza el beso a las manos de la reina como si estuviera presente. En tiempos de la conquista y colonización de las Indias la mano fue considerada como la garante y ministra de la razón y la sabiduría. El otro rito de la lectura, el de poner sobre la cabeza la carta real tenía el significado de obedecer porque humillaba el órgano por antonomasia del hombre, guarda y contenedor de los más nobles atributos que son la memoria, la inteligencia y la libertad (5).
Los representantes del gobernador del marquesado de Villena entregaron sus varas, que significaba que la villa era apartada de su jurisdicción y cedida a la emperatriz. El resto de los cargos del concejo, alcalde mayor, alguacil mayor, alcaldes ordinarios, alguaciles, alcaldes de la santa hermandad, regidores y jurados, todos entregaron las varas de justicia, que eran ocho.
Siguió la ceremonia con la entrega de las tres llaves del arca que guardaban los privilegios, leyeron el de villazgo y algo del libro de privilegios. Una vez cerrada, se quedó el doctor Garcés con las tres llaves en señal de posesión.
A continuación, el escribano entregó la llave de la sala y ordenó salir a todos los reunidos, cerrando y abriéndola después en nombre de doña Isabel. Abrió dos ventanas desde las que se veía parte de la villa y su término, dando a entender que toda la extensión que se abría a sus ojos pertenecía a la señora.
Se recabaron también las llaves de las puertas de la villa, contestándole que en aquel momento las puertas estaban quitadas y que sólo eran cuatro que se ponían y quitaban cuando era necesario. Abrió el arca y tomó las cuatro llaves, luego las dejó y se llevó la llave del arca. Si algún elemento urbano destacaba en el protocolo de recibimiento de las personas reales, lo constituía el paso por la puerta de entrada a la villa, cargada de simbolismo, pues en el Estado absolutista de los Austrias las entradas tenían el sentido de una toma de posesión simbólica por parte del monarca de la ciudad.
El siguiente acto del doctor Garcés fue bajar a la cárcel pública con la vara de justicia en la mano pidiéndole al alguacil las llaves y soltando al preso, Juan Rodríguez Montañés. Acto seguido le devolvió las llaves en nombre de la reina.
Después recabó información sobre las rentas de la villa; se le informó de que las alcabalas estaban encabezadas y ordenó a los recaudadores la entrega del dinero. Otro tanto hicieron en la casa de la Tercia, tomando lana y cebada que eran los productos que había en aquel momento.
Dos días después, el doctor Garcés devolvió las varas a los alcaldes ordinarios, alguacil, tenientes de este y alcaldes de la Hermandad, dejando claro que desde ese momento llevarían a cabo su cometido en nombre de la emperatriz. En este punto termina el acta, que está incompleta pues faltan las firmas, pero sin duda que todos los pasos descritos tienen como fin -y lo logran- despertar en los súbditos el sentimiento de obediencia y sumisión ante una persona que, aunque ausente, se percibe presente.
Composición con las esculturas, réplicas de los Leoni que se encuentran en Toledo, palacio de Fuensalida, a la izquierda, por ser el lugar donde falleció la emperatriz en 1539, y, en Albacete, a la derecha, donada por la Junta de Comunidades con motivo del III Centenario de Feria en 2010.


NOTAS Y BIBLIOGRAFÍA


(1) AHPAB, signatura 4.653, 31.
(2) Símbolo es una palabra griega que proviene del verbo “symbalein” que hay que traducir en latín por religare o religar a alguien o algo. En este caso al vasallo con su Rey. El documento es un foro o espacio desde donde se provoca ese religar a través de la oralidad (énfasis en la lectura de determinadas palabras con pausas bien señaladas en el escrito, reiteraciones, verbos de mandato en enclisis), de la textualidad o contenido del texto, de la visión de márgenes, membretes, hipérboles escriturarias o letras aumentadas…) y hasta del tacto de los soportes (satinado, carteo...). En “Retórica y comunicación en la recepción y lectura de los documentos del Rey (siglos XV a XX)”. Manuel Romero Tallafigo.
(3) El acta también fue estudiada por Ramón Carrilero Martínez en Albasit, nº 56, año 2011.Título: Nuevas aportaciones documentales del señorío de Isabel de Portugal, señora de Albacete.
(4) AHPAB, signatura 551, 73.
(5) Romero Tallafigo, Manuel, op. Cit., pp. 135-136