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martes, 8 de septiembre de 2026


De la devoción al capital: la Virgen de Los Llanos, el marqués de Salamanca y el choque del siglo XIX

Cada mes de septiembre, miles de personas acuden al recinto ferial de Albacete rindiendo homenaje a su patrona, la Virgen de Los Llanos, que desde mediados del siglo XX se traslada a la capilla del lugar. Sin embargo, detrás de esta vivencia festiva se esconde la historia de un espacio sagrado desaparecido: la ermita del paraje de Los Llanos, lugar donde durante centurias convivieron la fe popular, el nacimiento de la feria moderna y finalmente la irrupción del capitalismo decimonónico.

1780. Croquis de las ermitas de Los Llanos, San Pedro y la venta donde se celebraba la feria. AHN MPD 3315

A raíz de una reciente conferencia sobre los orígenes del edificio ferial, un asistente formuló una pregunta tan sencilla como reveladora: «¿Y no se puede recuperar la ermita?». La cuestión ponía de manifiesto una realidad insólita: la sociedad albaceteña conoce bien la devoción a su patrona, pero apenas guarda memoria del destino final del edificio donde se le rindió culto durante siglos y del proceso histórico y burocrático que provocó su incorporación a la hacienda privada del marqués de Salamanca, reduciéndola a cochera y dependencias auxiliares. Este hecho constituye una de las metáforas más potentes del choque entre el Antiguo Régimen y la modernidad burguesa en la España del siglo XIX.

lunes, 25 de agosto de 2025

EL VÍNCULO DE LA CASA DE LOS FERNÁNDEZ CANTOS (1725-2025). 300 AÑOS DE HISTORIA

 

El VÍNCULO DE LA CASA DE LOS FERNÁNDEZ CANTOS (1725-2025). 300 AÑOS DE HISTORIA

El escaso patrimonio urbano conservado en Albacete justifica más que sobradamente que hoy hablemos de una de las dos casas anteriores al siglo XVIII que se han conservado. Nos referimos a la conocida como «Casa Perona» o «Casa Carcelén», por los apellidos de sus últimos dueños.



Se cumplen, además, trescientos años desde la fundación de un vínculo y mayorazgo que incluía este inmueble, lo que nos ha permitido rastrear su historia y determinar que el nombre exacto que le corresponde es el de casa de los Fernández Cantos.

No es extraño que se sitúe en la calle de la Feria ya que siempre fue una de las más transitadas. La razón es que el camino real al pasar por Albacete tenía varios accesos, uno de ellos lo hacía a través de su itinerario.

 LA IMPORTANCIA DE LA CALLE Y SUS CASAS

 El nombre de calle de la Feria es muy antiguo, sin duda que va unido a la celebración de las ferias en la Edad Media. Aparece escrito por primera vez en 1444 cuando se reparó la barrera, con que se cerraba la calle, en caso de peligro o epidemia. En esa barrera se colocaba una puerta de acceso, llamada en este lugar de la Feria o de las Almenas.

Por ese motivo las visitas reales tales como la de Carlos III en 1731, o la de su hija, la infanta María Luisa, en 1765, hicieron su entrada por esta calle que se engalanaba, se empedraba e iluminaba para agasajar a la Corte.


En esta calle vivían los personajes más ilustres, ricos e influyentes, por ello en los alistamientos de viviendas para acomodar a los reyes cuando transitaban por Albacete, la calle con más casas de primera categoría era la de la Feria. La de don Juan Fernández Cantos, que es la que nos ocupa, en 1765, tenía disponibles tres habitaciones con tres camas, diez pesebres y un parador de carros, por lo que parte del séquito de la infanta María Luisa se alojó en ella. No sería la única ocasión, según Alberto Mateos, el 22 de agosto de 1812 se alojó en ella el rey intruso José Bonaparte, huyendo de Madrid a Valencia. También la visitó Isabel II, quien sólo paró para almorzar y no pernoctar como se dice, el 10 de septiembre de 1860, camino de Alicante.

Oficio comunicando que Isabel II se detendría en la casa de don Miguel Fernández Cantos para almorzar el 10 de septiembre de 1860 


Pero no sólo acogió a personalidades, sino también a instituciones, como fue el caso de la Audiencia Territorial. Según Roa Erostarbe, en 1834, sirvió de sede para instalar provisionalmente el Alto Tribunal, mientras se formaban los planos del proyecto. Su dueño, don Miguel Fernández Cantos Carcelén, la desocupó con este objeto y la cedió gustoso a este fin.

 HISTORIA DE LA CASA

El inmueble formaba parte de un vínculo creado en el testamento de don Juan Fernández Cortés Cantos el 30 de diciembre de 1725. El motivo para testar no fue la cercanía de la muerte -pues él fallecería en 1734- sino asegurar unos bienes, que, en caso de que él falleciera, permitieran finalizar los estudios eclesiásticos a su hijo don Antonio, que aspiraba a ordenarse sacerdote, una carrera de la que su padre, que era familiar del Santo Oficio de la Inquisición de Murcia, se sentía muy orgulloso pues suponía prestigio para el linaje y apoyo espiritual para la familia.

1.     Testamento y fundación del vínculo sobre la casa de la calle de la Feria de don Juan Fernández Cortés Cantos el día 30 de diciembre de 1725

 El vínculo incluía unas casas principales en las que vivía, «que están en la calle de la Feria de esta población, linde con otras de doña Isabel Benítez, mi prima, y de don Luis Verdugo, conde de la Moraleda, y por las espaldas con la calle de Albarderos, con sus portadas a ella y veinticuatro tinajas que hay en el sótano y cueva de dichas casas, de cabida de mil arrobas poco más o menos».

 

1.     Sótano con bóveda de cañón rebajado y ventanas con lunetos en el sótano dónde se guardaban 24 tinajas.

Don Juan era un personaje de alta alcurnia, hijo de Juan Fernández Felipe Cortés y de doña Mariana de Anguix y Argüello, y nieto de Juan Fernández Cantos, hidalgos, ricos propietarios de tierras, ganados, y habitualmente regidores y otros cargos del concejo. Su esposa, doña María de Cantos Barnuevo, no se quedaba atrás pues pertenecía al linaje de los Cantos, el más importante de Albacete. ¡Y qué decir de los Barnuevo, emparentados con la más rancia hidalguía de Chinchilla!

 Para su encumbramiento personal, el 12 de octubre de 1709, fue reconocido como hidalgo notorio de sangre por el concejo, presentando la certificación de armas de los linajes de sus antepasados: Fernández, Felipe, Benítez y Cortés. Este reconocimiento implicaba disfrutar de todos los privilegios de la hidalguía y el permiso para colocar los escudos de armas en la portada de su casa, en sus capillas de enterramiento, vajillas, joyas, reposteros...

 LOS SUCESORES DEL VÍNCULO

 Gracias a los mayorazgos, los bienes se mantuvieron en las mismas familias hasta la desaparición de esta institución a mitad del siglo XIX. Mientras tanto, los herederos no podían vender, ni enajenar, ni dividir, sólo acrecentarlos para transmitirlos a sus sucesores con el fin de mantener la integridad del patrimonio familiar. De esta forma la casa llegó al siglo XX íntegra, aunque con las reformas y el sello personal que cada dueño le imprimió según sus gustos y necesidades.

Calle de la Feria en un desfile en los años 50 pasando por delante de la casa

 El vínculo creado por don Juan estipulaba que el sucesor sería don Antonio, pero al ser clérigo, no tendría descendencia, por lo que la línea seguiría preferentemente por el hijo mayor varón, en este caso, su hermano, don Juan, que se casó con doña Antonia Castellanos. Ellos fueron los padres de don Francisco, casado con doña María Antonia Carcelén, y padres a su vez, de don Miguel, nacido en 1795, político que destacó por la defensa de Albacete como capital de la provincia, y fue gobernador de ella. Durante su etapa la casa fue conocida como «casa Carcelén». Contrajo matrimonio con María Josefa Ladrón de Guevara el 5 de marzo de 1823, padres, a su vez, de otro Miguel, que se casó con María Encarnación Núñez de Aro en 1853. De este enlace nació una niña en 1857, llamada Anunciación, que contrajo matrimonio el 18 de agosto de 1878 con Joaquín Velasco Rodríguez, abogado de Hellín. Este, como marido de doña Anunciación, vendió la casa en 1921 a don Ignacio Martínez Molina, quien se hizo también con la contigua, lindera al callejón de las Portadas. El 14 de marzo de 1934 adquirió toda la finca Benedicto Perona Escribano, de ahí que la casa sea conocida como «casa Perona».

 

1.     Certificación de la contribución urbana del año 1881 sobre la casa de don Juan, que ya había sido heredada por Anunciación Fernández Cortés, esposa de don Joaquín Velasco, quien figura como propietario.

Es a raíz de esta fecha cuando el edificio sufrió sus últimas reformas, se alquiló y, parte de él, se explotó como churrería, según nos muestran las fotografías antiguas. A finales del siglo XX la casa se encontraba en un lamentable estado de abandono, por lo que fue adquirida por las Cortes de Castilla La-Mancha para albergar la institución del Defensor del Pueblo, creada en mayo de 2002. El 19 de octubre de 2005 se inauguró, siendo presidente de Castilla La-Mancha don José María Barreda Fontes. El edificio fue adaptado a su destino como oficinas de la administración pública, hoy, Delegación de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha.

     Fotografía de los años 70 en la que se observa la casa y la churrería de la esquina

 

LA CASA Y LOS ESCUDOS

¿Cuáles son los elementos más antiguos que conserva esta casa?

Como ya hemos mencionado, los escudos se colocaron alrededor de 1709, por lo que la portada es el elemento más remoto, aunque la casa existía desde tiempo atrás. Según la descripción que hace su dueño en 1725, hasta nosotros ha llegado el sótano y cueva donde se alojaban 24 tinajas con capacidad para 1.000 arrobas (de vino). La casa ha reducido su planta considerablemente, puesto que tenía salida a la calle Albarderos. En la certificación de la contribución urbana de 1881 consta que tenía dos plantas, sótano, cuadras, cochera, jardín, cocedor, granero, noria y descubiertos. El edificio tenía 1.424 m. y el jardín 620 m.

Caja de la escalera y cúpula con linterna que da luz a todas las plantas. Finales del siglo XVIII.

Del último cuarto del siglo XVIII, fecha en que data su construcción Luis Guillermo García-Saúco, se conserva la escalera alojada en la caja rectangular, sobre la que culmina el tambor con trompas aveneradas que dan paso a la cúpula con linterna con luz para todas las plantas. En exterior la cúpula está revestida de tejas vidriadas en azul y costillas en blanco de inspiración levantina y permitiría su identificación desde la lejanía cuando las casas eran de escasa altura.

1.     Fotografía de la calle de la Feria en la que se observa al final la cúpula de la casa de los Fernández Cantos al no existir viviendas de gran altura. Principios del siglo XX



De la segunda mitad del siglo XIX se conserva el zaguán con puerta que lo une al resto de la casa, en cuyo altillo figuran las iniciales FMC, acrónimo de Miguel Fernández Cantos. La M está colocada en el centro por estética.

1.     Altillo de la puerta del zaguán con las iniciales FMC, que corresponden a Miguel Fernández Cantos (aparecen desordenadas por estética). Segunda mitad del siglo XIX

Por último, las yeserías en los techos y puertas de la planta noble, de estilo neo renacentista, corresponden a los años 20-30.

 

Habitaciones de la planta primera adaptadas para oficinas con yeserías en techo y umbrales de los años 20-30 del pasado siglo.

ANÁLISIS DE LOS ESCUDOS

Los escudos pertenecieron al matrimonio de los titulares, Don Juan Fernández Cantos (o Cortés Cantos, de ambas formas se denomina) y doña María de Cantos Barnuevo, por eso los yelmos se miran entre sí, como suele suceder en los escudos acolados de las parejas, aunque la colocación siniestrada del de la izquierda esté en contradicción con los principios heráldicos, que indicaría, en otro caso, bastardía.

1.     Portada principal con los escudos de la hidalguía reconocida a don Juan en 1709.



1.     Escudo cuartelado con los apellidos de los antepasados más ilustres de don Juan: Fernández, Felipe, Benítez y Cortés (tomados del diccionario de heráldica de Mogrobejo)

 El escudo principal es el de la izquierda de la portada vista de frente, pero, que, en heráldica, es la derecha, porque el escudo se interpreta como si lo portase quien lo usa, habitualmente, un guerrero. Al ser el escudo principal, corresponde al varón. Está dividido en cuatro particiones. El primer cuartel es el del primer apellido, Fernández, y se describe así: en campo azur cinco flores de lis puestas en aspa y bordura de gules con ocho sotueres de oro. El 2º, corresponde a los Felipe, que traen en campo de gules, una banda de oro engolada en dragantes de su color. Bordura cosida de gules, cargada de ocho cartelas, cuatro de plata y cuatro de oro alineadas, éstas últimas cargadas con una F de azur, puestas en los ángulos. El 3º es de los Benítez, en campo azur un león de oro rampante, bordura de gules con ocho sotueres de oro. El 4º es de los Cortés, en campo de oro cuatro palos de gules y bordura de azur con ocho cruces de San Juan de Jerusalén de plata. Son las armas que usan los Cortés de Chinchilla.

 Con respecto al de la derecha, este perteneció a doña María de Cantos Barnuevo. Fusiona las armas de los Barnuevo y los Cantos, apareciendo en primer lugar el de los Barnuevo por ser un linaje muy prestigioso, descendiente de los siete linajes de Soria. El primero lo podemos definir así: cuartelado, 1º y 4º de gules un castillo de oro. 2º y 3º, de azur una cruz de Calatrava de oro. El de los Cantos se puede definir como un águila empietada de un conejo o cordero.

1.     Escudo fusionado de Barnuevo o Barrionuevo y Cantos (proceden de ejecutorias de hidalguía)

 

En conclusión, la importancia del inmueble merece que se respete su historia y se denomine de aquí en adelante casa de los Fernández Cantos.

   Cúpula levantina con tejas vidriadas en azul y costillas blancas



miércoles, 2 de abril de 2025

EL ESCUDO DE LA CASA DE LA MARQUESA EN ALBACETE

 

El escudo de la casa de la marquesa en Albacete

Cuando se menciona «la casa de la marquesa» en Albacete, todo el mundo la identifica con Margarita Ruiz de Lihory, célebre por el macabro caso de la mano cortada. Ella fue la última propietaria de un enorme caserón (que conocemos por la fotografía de A. Mateos en su obra Del Albacete Antiguo), desaparecido hacia 1968. La personalidad excéntrica de la marquesa ha provocado que, pese a ser uno de los personajes más famosos de Albacete, pocas personas sepan cual es su conexión con nuestra ciudad. Y, sin embargo, el escudo de la casona que se encuentra en el Museo de Albacete, nos muestra -mediante el lenguaje de la heráldica- quienes fueron sus propietarios. Por si quedara alguna duda, la documentación del Archivo Histórico nos asegura con rotundidad que perteneció en origen a don Juan Salvador de la Bastida Zorrilla, abogado de los Reales Consejos, regidor y familiar del Santo Oficio, natural de San Clemente, pero avecindado en Albacete, quien, en el año 1780, presentó en el ayuntamiento una certificación sobre su hidalguía (obtenida en 1778) para eximirse de pagar impuestos y gozar de los privilegios que correspondían a su estado noble. Esta certificación elaborada por el cronista y rey de armas incluía una descripción detallada del escudo, junto a unas pruebas genealógicas que retraían la ascendencia al siglo XVI.

Izquierda, fotografía anterior a 1968 antes de la demolición de la casa de la marquesa, sobre la puerta descansa el escudo. A la derecha, el edificio actual en la calle Mayor.


¿Quién era la marquesa?

Margarita Ruíz de Lihory y Resino (1889-1968) nunca exhibió este escudo albacetense, al fin y al cabo, la hidalguía de los de La Bastida representaba el escalón más bajo de la nobleza y ella podía regocijarse -y lo hacía- de pertenecer a la aristocracia titulada puesto que en su familia recaían un marquesado, Villasante, un condado, del Val del Águila, y una baronía, la de Alcalalí, distinciones que heredó su hermana mayor, aunque ella, ilegítimamente, usara los títulos de marquesa y baronesa.



La familia que la conectaba con Albacete era su propia madre, Soledad Resino Labastida, casada con José María Ruiz de Lihory y Pardines, barón de Alcalalí, y su abuela, Micaela La Bastida y Teijeiro, hija esta última de José de la Bastida y Bustamante, que casó en 1838 con Josefa Teijeiro y Tapia, hija del II marqués de Villasante y de la V condesa de Val del Águila, Juan de Tapia y Meléndez, que fue quien pasó los títulos a Soledad, madre de la marquesa. A su vez, José de la Bastida Bustamante era hijo de Juan y Josefa, y este de Juan Salvador de la Bastida Zorrilla, natural de San Clemente, el que se asentó en Albacete y presentó la ejecutoria de hidalguía en el Ayuntamiento en 1780. El expediente que se encuentra en el libro de actas de 1780 (signatura 93/4) se remonta hasta el sexto abuelo quien también había obtenido ejecutoria en 1572.

La personalidad arrolladora de la marquesa, que se presenta como abogada, periodista, espía, pintora, feminista, etc., y su pertenencia a la nobleza provocó estupor en la sociedad de la época. El caso de la mutilación del cadáver de su hija por sus propias manos, la denuncia de su hijo, su arresto, ingreso en un psiquiátrico y posterior juicio, copó las páginas de sucesos de toda la prensa del país, más habituadas a personajes de baja extracción que a carismáticos aristócratas. El caso de “la mano cortada” fue seguido por la prensa sensacionalista de los años cincuenta del pasado siglo en todo el país; incluso, un periódico local, Crónica, lo reabrió en 1995 con notable éxito editorial.

La casa y el escudo

La casa familiar de la calle Mayor, n.º 58, fue demolida hacia 1968, era un edificio que ocupaba parte de la manzana (medía más de mil metros cuadrados), tenía su entrada principal por la calle Mayor, y otra secundaria, con jardín, por el callejón de San José. Fue construida en el último cuarto del siglo XVIII y podemos decir que no presentaba nada de interés artístico, salvo el escudo familiar que fue rescatado de la demolición y se encuentra en el Museo de Albacete. Podemos describirlo como un escudo barroco, correspondiente al último tercio del siglo XVIII, que mide 133 x 83 cm. Consta de seis particiones y se aprecian restos de policromía. Se timbra con yelmo de hidalgo con penacho de plumas. A su alrededor se decora con rocalla y roleos.

Escudo del linaje de La Bastida procedente de la casa de la marquesa conservado en el Museo de Albacete


Según el certificado del rey de armas de 1780, el primer cuartel pertenece a La Bastida y lo describe así: «sobre verde, una banda de plata en bocas de dragantes, segundo, partido sobre campo de plata un león Pardo. Orlado todo de azul con cinco flores de lis de oro. Es igualmente proveniente nuestra parte interesada de la familia de Zorrilla cuya antigüedad es inmemorial y se compone de un escudo de oro con roble verde al que están empinadas dos zorras negras. Por Alarcón, un escudo rojo con cruz hueca floreteada de oro de hechura de la de Calatrava, con orla azul con ochos sautores de oro, y, por Martínez, partido en faja, primero, sobre campo rojo una torre de plata con dos leones rampantes colocada dicha torre sobre unas rocas, estas puestas sobre aguas azules y blancas y en lo bajo sobre oro una banda roja».

Tan solo hemos de explicar que el cuartel que corresponde a La Bastida ocupa varios campos, al primer cuartel donde vemos la banda engolada de dragantes, sigue el león y este arrastra la bastida representada por el castillo del que sale un brazo armado. El de Zorrilla responde a lo que se denomina escudo parlante, el de Alarcón es muy conocido y el de Martínez, cortado, ocupa los dos últimos cuarteles.


Bibliografía y fuentes:

- Cándido Polo: Sangre azul. Vida y delirio de Margarita Ruiz de Lihory. Universidad de Valencia, 2010.

- Mateos, Alberto: Del Albacete antiguo. Diputación, 1981

- Documentación del Archivo Histórico Provincial de Albacete

miércoles, 19 de marzo de 2025

LOS PREDICADORES DE CUARESMA DE CHINCHILLA (SIGLOS XVI-XVIII)

 

LOS PREDICADORES DE CUARESMA EN CHINCHILLA (SIGLOS XVI-XVIII)

 El miércoles de ceniza limita y separa dos fiestas contrapuestas, atrás queda don Carnal; en los siguientes cuarenta días se vive el triunfo de doña Cuaresma, de esta forma alegórica retrataba el Arcipreste de Hita allá por 1330 la lucha entre fuerzas antagónicas, de una parte los placeres terrenales, basados en la tradición pagana greco-romana, y, en el otro extremo, el recogimiento, la reflexión, el ayuno y el arrepentimiento de los pecados  basado en la tradición cristiana.

Ese miércoles, movible en el calendario, comenzaba desde la Edad Media en todos los lugares de España la predicación de Cuaresma. Era y es tiempo de arrepentimiento de los pecados ante la inminencia de la muerte, expresada claramente en el Viernes Santo, y de preparación para la gran fiesta de Pascua. El gozo de la Resurrección sólo sería posible con el arrepentimiento de los pecados.

La preparación espiritual del pueblo en fecha tan señalada corría por cuenta de personas instruidas en teología como frailes, sacerdotes e incluso maestros y preceptores de gramática, caso de Albacete. Muchos de los predicadores acudían a las ciudades y villas para reforzar la práctica de la penitencia y purificación de las faltas cometidas. Por medio de conmovedores sermones los oradores sacudían  las conciencias, fustigaban vicios y mantenían el fervor religioso al tiempo que conseguían que el pueblo cumpliera con el precepto de la confesión, por lo menos una vez al año.


San Bernardino de Siena predicando. F. de Goya

Chinchilla no necesitaba la contratación de orador ya que la Orden de los predicadores, o de Santo Domingo, residía en la ciudad desde tiempos muy remotos. La tradición arrancaba de los primeros años del siglo XV, cuando fray Vicente Ferrer, entre 1410 y 1411, había realizado el itinerario por los territorios de la Corona de Aragón y el reino de Castilla, esta misión lo llevó a Chinchilla, allí apareció el 25 de abril, día de San Marcos, donde permaneció hasta el 9 de mayo, acogido en el convento de San Juan (1). En los siglos siguientes continuará esta orden impartiendo doctrina en Cuaresma. En 1714 se encomendó la responsabilidad de su cumplimiento al prior de Santo Domingo, con la precaución de que en caso de imposibilidad, tuviera poder el regidor perpetuo, don Feliciano Moreno Benítez, para buscar predicador de su satisfacción con la limosna acostumbrada.

Convento de Santo Domingo de Chinchilla

Las predicaciones de Cuaresma tomaron relieve tras el Concilio de Trento (1545-1563) donde  cobra especial valor la palabra. El sermón se convierte en el medio para canalizar el proyecto de reforma moral, que comprendía la instrucción correcta del bajo clero y una vigilancia más estricta de las costumbres y comportamientos de los fieles. La predicación se hace necesaria con más frecuencia, al menos todos los domingos y los días de fiestas solemnes, sin desatender los tiempos santos como la Cuaresma, momento en que la predicación se volvía más necesaria (2).

Por ello desde el siglo XVI vamos a encontrar documentos que nos muestran como los concejos asumen los gastos espirituales de los vecinos en épocas especiales del año litúrgico, como la Cuaresma, de ahí que sufraguen los salarios de los predicadores. En el libro de Cuentas de Chinchilla del año 1574 se recoge el pago de 12.000 maravedís a Fray Diego de Mendoza, presentador y prior del convento de Santo Domingo, por los sermones que predicó la Cuaresma del año 1573.

Los sermones de cuaresma eran muy apreciados por las autoridades tanto religiosas como civiles, no es extraño que ante un gran predicador los ayuntamientos, a iniciativa propia, remunerasen extraordinariamente al orador. Especial mención merece la predicación del padre Cristóbal Sanz conventual del convento de San Juan Bautista de esta ciudad, de la orden de Santo Domingo, cuya doctrina de Cuaresma había llevado al concejo el 26 de marzo de 1637 a solicitar al “padre provincial tenga por bien de conservarlo en esta ciudad para el dicho efecto”. La misma satisfacción se produce al año siguiente, en 1638, pues también se solicita que el padre fray Cristóbal Sanz permanezca en el convento chinchillano. Igual consideración obtuvo en Albacete el maestro y predicador en 1575 a quien el concejo remuneró con diez ducados por su buena doctrina, no llegó a los doce, que tenía acostumbrados de salario, porque el concejo calculó que las limosnas y regalos de particulares habían sido tan generosos que se podía equilibrar el balance disminuyendo el estipendio municipal.

Es cierto que la religiosidad popular en Chinchilla siempre gozó de gran fervor, por ello corrían por cuenta del concejo no sólo las predicaciones de Cuaresma sino las limosnas en festividades como Nuestra Señora del Rosario, la Candelaria, el día de la Cruz de Mayo, San Juan de Mayo, y, como no, la fiesta por excelencia, la del Santísimo Sacramento, en cuya celebración los chinchillanos derrochaban ingenio. En 1573, por ejemplo, además de procesiones y misas acostumbradas se pagaron las representaciones teatralizadas y musicales que compuso el maestro de capilla. Hubo también danzas y música de trompetas, dulzainas y tamborino que dirigió el morisco Juan Carrasco, además de cohetes y fuegos artificiales.

BIBLIOGRAFÍA Y DOCUMENTACIÓN

 

(1). Ayllón, Carlos: La Orden de Predicadores en el Sureste de Castilla, 2002

(2). García Garrido, Águeda: “Predicación de cuaresma y espiritualidad en la España Moderna (siglo XVII)”, 2014

Archivo Histórico Provincial, signaturas 4.484, 2; 16; 4.487, 1; 4508; 4484, 2