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viernes, 10 de julio de 2026

 

La portada del Alhorí y el señorío de Isabel de Portugal en Alcaraz (1526-1539)

Este año se cumple el quinto centenario de la boda del emperador Carlos V con Isabel de Portugal. Como dote, la emperatriz recibió el señorío de varias villas y ciudades; entre ellas, Alcaraz. El recuerdo de Isabel de Portugal sigue muy presente en la ciudad, pues se la asocia con la manufactura de las famosas alfombras de Alcaraz, de las que recibió un buen número como regalo de boda. Sin embargo, su huella permanece también en uno de los edificios más emblemáticos del Renacimiento alcaraceño: la portada del Alhorí, que constituye hoy el principal testimonio de un proyecto urbano que transformó la ciudad durante el primer tercio del siglo XVI. 

La portada del Alhorí en la calle Mayor

la historiografía ha debatido sobre su autor, su cronología o las influencias que inspiraron su decoración. Se ha relacionado con Andrés de Vandelvira, con Diego de Siloé, con Jacopo Florentino e incluso con el ambiente artístico de Jerónimo Quijano. Todas estas cuestiones siguen siendo fundamentales para comprender la obra. Pero quizá exista una pregunta todavía más interesante:

¿Por qué necesitó Alcaraz una portada de semejante monumentalidad?

Cuando el concejo decidió construir el nuevo Alhorí en 1523, la actual plaza Mayor, entonces plaza de la Trinidad, presentaba un aspecto muy degradado y estaba en plena transformación. La vía principal seguía siendo la calle Mayor, eje del comercio y de la vida pública. Por ello, la gran portada renacentista se orientó hacia esa calle y no hacia la plaza.

Las ordenanzas del Alhorí muestran que el nuevo edificio debía almacenar hasta diez mil fanegas de trigo (más de 400 toneladas), garantizando el abastecimiento en épocas de escasez. Las obras se ampliaron con la compra de casas colindantes hasta formar un complejo civil, dirigido por un jovencísimo Andrés de Vandelvira, donde al original pósito o alhorí se sumaron las carnicerías, la sala consistorial, la audiencia y la cárcel.

Esta intensa actividad constructiva coincidió con el señorío de Isabel de Portugal. Bajo el patrocinio de la reina también avanzaron las obras del convento de San Francisco, la iglesia de San Ignacio y la torre parroquial de El Bonillo, entonces aldea de Alcaraz.

El Alhorí tuvo dos accesos: el principal por la calle Mayor y otro de servicio. Separar el tránsito del trigo de la entrada institucional era habitual en los pósitos del siglo XVI. En Alcaraz lo sugieren varios documentos de 1752 y 1779, que ya denominan calle o callejón del Pósito Viejo a la actual calle Fray Fermín Cerro, conservando en su nombre la función que desempeñó durante siglos.

La "portada alta de la sala", documentada en 1535, debió de constituir el segundo cuerpo. Como en otras obras renacentistas, el conjunto se organizaría en dos niveles: la puerta inferior y una ventana monumental abierta a la gran sala del concejo.

Esta portada alta permitía integrar un programa iconográfico monumental, posiblemente coronado por el escudo imperial, que hoy aparece embutido sobre el dintel debido a las reformas del siglo XVIII, que recortaron el edificio para «hermosear» la calle y nivelar las alturas. Por tanto, la inscripción «Casa de Alhorí desta çibdad» en la cornisa confirma que nos hallamos ante el acceso principal y original, diseñado no solo como una puerta, sino como un símbolo de la prosperidad de Alcaraz, unificando bajo una fachada monumental el control de la subsistencia y la sede del gobierno local.

Si nos preguntamos cómo pudo levantarse un edificio de semejante altura en una calle que hoy parece tan estrecha, la respuesta está en la evolución urbana. Hasta 1732 la calle Mayor no desembocaba directamente en la plaza. Frente al Alhorí existía un ensanche que llegaba hasta el actual callejón Bracamonte, donde un muro contenía el empuje de la ladera. Aquel espacio permitía contemplar la fachada con perspectiva y realzaba su monumentalidad, una percepción que se perdió cuando la reforma del siglo XVIII prolongó la calle hasta la plaza y encerró visualmente el edificio. Esa reforma barroca/ilustrada corresponde a un cambio en la sensibilidad artística que buscaba la simetría, la funcionalidad y el orden.

Reconstrucción hipotética de la portada del Alhorí antes de la reforma de 1732, realizada a partir de la documentación conservada 

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El simbolismo de la portada: homenaje a Carlos V e Isabel

La portada del Alhorí desarrolla un auténtico programa iconográfico. En sus relieves aparecen cuatro nombres procedentes del universo clásico: París, Elena, César y Escipión. Los dos primeros ocupan el nivel inferior, en las enjutas del arco; los dos segundos se sitúan sobre ellos, en una posición más elevada. La composición no parece casual. Al contrario, se organiza como una lectura ascendente, desde el amor y la belleza hasta la autoridad imperial y la virtud militar.

París y Elena remiten, en principio, al célebre mito troyano. Pero en una portada municipal del siglo XVI, situada bajo el escudo de Carlos V y realizada durante el señorío de Isabel de Portugal, su presencia difícilmente puede entenderse como una simple evocación literaria. El mito de París y Elena, leído literalmente, conducía al rapto, la guerra y la destrucción de Troya. Resulta poco probable que el concejo de Alcaraz quisiera colocar en la fachada de su edificio público una historia de desorden y tragedia sin transformarla en otra cosa.

Medallón con la representación de Elena que evoca a la emperatriz Isabel

                                                  

El humanismo renacentista reinterpretó con frecuencia los mitos antiguos en clave política, moral y cristiana. Por ello, resulta verosímil plantear que París y Elena funcionaran aquí como una evocación simbólica de Carlos V e Isabel de Portugal. No serían retratos en sentido estricto, sino figuras de equivalencia humanista. París representaría al príncipe que elige la belleza; Elena, a la mujer excepcional cuya perfección supera los modelos de la Antigüedad. Esta interpretación encaja muy bien con la cultura cortesana del momento y con la divisa que Carlos V dedicó a Isabel de Portugal, asociada a las tres gracias y al lema Has habet et superat: las posee y las supera.

Desde esta perspectiva, Elena no sería la causa de una guerra, sino la imagen de una belleza elevada a virtud. Isabel aparecería así representada mediante el lenguaje clásico como una nueva Elena, no por su dimensión trágica, sino por la excelencia de su belleza, su dignidad y su papel dentro del orden imperial. Del mismo modo, París dejaría de ser el joven imprudente del mito para convertirse en una imagen refinada del príncipe que, al elegir a la mujer perfecta, funda una alianza legítima y fecunda.

Un detalle de la portada refuerza esta interpretación. En el pecho de París aparece una pequeña cabeza alada, probablemente una alusión al amor. Integrada en un programa presidido por el escudo imperial, deja de expresar una pasión desordenada para convertirse en el vínculo que legitima la unión dinástica. Situado sobre el pecho del personaje, dentro de una composición presidida por el escudo imperial, ese amor parece transformarse en una fuerza constructiva, en el vínculo que legitima la unión dinástica y sostiene la armonía del poder. La pasión del mito queda así corregida por la virtud política del Renacimiento.

En el pecho de Paris/Carlos aparece una cabeza alada como símbolo del amor constructivo

Sobre París y Elena aparecen César y Escipión. Su posición superior introduce un nuevo nivel del discurso iconográfico. Si el nivel inferior habla del amor, la belleza y la unión dinástica, el nivel superior introduce el gobierno, la guerra justa y la autoridad. César representa de manera inmediata la idea imperial. Su propio nombre era inseparable del título de emperador y servía como modelo de poder, conquista y organización política. Escipión, por su parte, era uno de los grandes ejemplos de virtud militar de la Antigüedad, célebre no sólo por sus victorias, sino por su dominio de sí mismo y por la continencia que la tradición humanista le atribuía.

Sobre la cornisa con la inscripción "Casa del Alhorí desta çibdad" descansan las cabezas de César y Escipión

 La portada propone así una lectura ascendente: del amor legítimo y la unión dinástica al buen gobierno, la virtud militar y el Imperio, convirtiéndose en una auténtica declaración visual de los principios que debían inspirar el poder municipal.

Nota:

La autora agradece las observaciones de Alfredo J. Morales, Ramón Fernández Chillerón y César García Álvarez, así como las aportaciones de Aurelio Pretel Marín, Luis Guillermo García-Saúco, José Sánchez Ferrer y Alfonso Santamaría, cuyos trabajos han contribuido al conocimiento del Alhorí y de su portada. Las fuentes documentales utilizadas proceden del Archivo Histórico Provincial de Albacete, del Archivo Municipal de Alcaraz y del Archivo Histórico Nacional. Las interpretaciones y conclusiones aquí expuestas son de la exclusiva responsabilidad de la autora.



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