LA CALLE DE LAS BEATAS Y LAS ALFOMBRAS DE ALCARAZ
¿Por
qué este título? Pues por la relación que varios documentos aislados nos ofrecen
entre las beatas y las alfombras. De estas piezas se conoce su gran valor, se
hallan en los mejores museos y colecciones del mundo. Sabemos que formaron
parte de los ajuares de reinas y nobles. Pero ¿Quiénes realizaban estas obras?
Una
de las sorpresas que contiene el padrón de alcabalas de 1561 es que aparece la
calle de las Beatas, la segunda, es que existía un beaterio. El nombre la calle
se debe a las mujeres que aparecen como una unidad productiva, así, leemos: «las
beatas, nihil», es decir, nada, no se les cobra, pero aparecen en el padrón porque
realizaban algún tipo de actividad económica susceptible de tributar[1].
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| Padrón de las alcabalas de 1561 donde figura el nombre de la calle de las beatas. Archivo General de Simancas |
Estamos
ante la existencia de un beaterio donde convivían mujeres que vivían del
trabajo de sus manos, y que, pese a tener vocación, no habían ingresado en el
convento, quizá debido a las dotes tan altas, porque dependiendo de la cuantía
aportada, la posición de la religiosa oscilaba entre las de más alta condición:
las monjas de velo negro, entre sus funciones figuraban: cantar en el coro,
administrar el patrimonio e instruir a las novicias… les seguían las de velo
blanco, de inferior categoría y destinadas a asistir a las superiores. Las
dotes más altas que hemos visto en Alcaraz ascendían a 700 y 800 ducados en los
siglos XVI y XVII.
Aparte
de las beatas de la calle de su nombre, llama la atención el número tan elevado,
en total, veintiuna mujeres, repartidas por todo el callejero seguían este tipo
de vida. En
Albacete, en 1563, la fecha más próxima a este padrón, y con una población
similar, sólo hemos encontrado a tres beatas.
¿Por qué este número tan alto en Alcaraz? ¿De qué vivían las beatas?
Evidentemente la gran cantidad se debe a la vocación,
estamos a mediados del siglo XVI, en pleno concilio de Trento. El destino de la
mujer era el matrimonio, otra parte elegía o era ‘compelida’ a seguir la vida
religiosa, una mínima parte elegían la soltería, porque las circunstancias
sociales hacían que se necesitara la protección de un varón, padre, hermano o
pariente, a quien se le hacía donación o herencia de bienes. Algunas elegían el
beaterio como forma de vida, una vida muy próxima al monasterio, vestían hábito,
cumplían el voto, pero no estaban sujetas a ninguna regla y no residían en
convento, sino en reclusión, de ahí que también se las llamara ‘recogidas’, ‘emparedadas’
o ‘en continente’.
El
nombre de la calle
La calle ha mantenido su nombre en todos los callejeros que conocemos y era (y es) distinta a las Monjas, puesto que ambas aparecen en los padrones de épocas pasadas[2].
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| Dos vistas de la calle Beatas en la actualidad |
El
beaterio fue el origen del convento de franciscanas, o de La Magdalena, que nació
de la vocación de una doncella, María Ruiz, quien acompañada de otras diez mujeres
se retiraron a la vida espiritual, conviviendo en una casa que les donó el marqués
de Villena en 1471, situada en la parte alta de Alcaraz, en el castillo,
inmediata a la parroquia de Santa María. Poco después se convirtió en
monasterio con sujeción a la Orden Tercera franciscana, pero sin clausura. El
aumento de vocaciones hizo que aquella casa se quedase pequeña y se volviese a
fundar en 1526 un nuevo convento en la parte baja de Alcaraz -donde todavía
permanece-. En 1566 el papa Pio V ordenó que todas las religiosas terceras de cualquier
Orden vivieran en clausura, hecho que contrarió a las monjas de Alcaraz que
lucharon en todos los niveles judiciales y religiosos por continuar en la
libertad que gozaban, aunque finalmente fueron obligadas a aceptar rejas y
torno, es decir, la reclusión. Aunque las monjas de velo negro eran de las
familias principales de Alcaraz, todas vivían en pobreza y penalidades, siendo
ayudadas por las donaciones de familiares[3].
La
vida religiosa en Alcaraz en el siglo XVI
En el siglo XVI Alcaraz alcanzó el mayor número de conventos de
toda su historia, siendo en su mayor parte masculinos, así tenemos tres, el de
San Francisco, Santo Domingo y San Agustín, frente a dos femeninos, el de las
dominicas del Sancti Spiritus y el de franciscanas de María Magdalena.
El número de conventos masculinos en España -y Alcaraz no fue una
excepción- siempre fue superior a los femeninos. La causa no era la falta de
vocaciones, sino la de las plazas. Se fundaron más conventos de frailes por
varias causas, la primera, las donaciones para su creación, la segunda, su
utilidad social. Para los municipios era más rentable el monacato masculino por
su ayuda a los ministerios parroquiales, misiones, enseñanza… en cambio, las
monjas vivían en clausura y no prestaban ayuda de ninguna clase al vecindario.
Tampoco contaban con los recursos de los frailes: no podían salir a las calles
a pedir limosnas, no podían predicar en Cuaresma, por ejemplo, ni recibían
estipendios por las misas. Dependían de rentas, por lo general muy mal
administradas, de limosnas y de las dotes de las nuevas ingresadas. Las puertas
para cualquier varón que sintiera la llamada de la vocación, estaba abierta.
Las mujeres en una gran proporción no podían hacer lo mismo. Por ello, muchas
mujeres, ante la imposibilidad de ingresar en un convento por no disponer de
una dote, formaban beaterios, llamados también, como dijimos, emparedamientos o
recogimientos, congregaciones de doncellas y viudas que se recluían en una
casa, obedecían al párroco y se mantenían del trabajo de sus manos o del
producto de sus bienes[4].
Las alfombreras: una profesión femenina
El citado autor menciona un acuerdo del concejo, de fecha 31 de Julio de 1548, en el que se pagan cinco ducados y cuarenta maravedís como salario a Francisco Mayor por una alfombra, que el concejo compró a las beatas, para enviarla al fiscal de uno de los pleitos pendientes en el Consejo Real. Esta tradición se mantuvo y las beatas siguieron manufacturándolas. Otro acuerdo municipal del primer cuarto del siglo, da cuenta de que las beatas tejían alfombras para vender y en una escritura de 1585, Ana de Yeste, beata, vecina de la ciudad, se obligaba a hacer al licenciado Juan de la Concha, juez de su Majestad en Alcaraz, una alfombra fina. Aparecen con claridad las artesanas en un documento de 1598 en el que Pedro de Titos Espejo y Antón Barba Cobo se obligan a pagar a las hijas de Lucas Padilla 44 ducados por dos alfombras[6].
El silencio del trabajo femenino
siempre ha sido evidente. Los datos que presentamos son aislados, pero nos
permiten ir dando cuerpo al trabajo de estas mujeres que por su condición no podían
pertenecer a gremios, no contaban con veedores ni examinadores y dependían de
los mercaderes para las transacciones comerciales. A partir de mediados del
siglo XVII, según José Sánchez Ferrer, la manufactura de alfombras comienza el
declive hasta que desaparece en el siglo XVIII.
En la actualidad se ha recuperado de forma artesanal por la alcaraceña Trinidad García, quien exhibe en un pequeño obrador junto al Ayuntamiento de Alcaraz, su habilidad en el tejido de las alfombras de nudo español, declaradas por la Junta de Comunidades de Castilla La-Mancha en 2023 como bien de interés cultural inmaterial.
[1]
Archivo General de Simancas. Hacienda, legajo 35.
[2]
Comparación con el callejero de 1768 donde aparece la calle de las Beatas y la
de las Monjas. AMA, caja 380, 1.
[3]
Fay Esteban Pérez de Pareja (1740): Historia de la primera fundación de
Alcaraz y milagroso aparecimiento de Nuestra Señora de Cortes. Facsímil.
Albacete: Instituto de Estudios Albacetenses, 1997.
[4]
Domínguez Ortíz, A. (1973): Las clases privilegiadas en el Antiguo Régimen.
Istmo, Madrid. P. 321
[5] Fray
Esteban Pareja Pérez de Pareja (1740): Historia de la fundación… y José Sánchez
Ferrer (1986): Alfombras antiguas de la provincia de Albacete. Albacete:
Instituto de Estudios Albacetenses.
[6]
Pretel Marín, Aurelio (199): Alcaraz en
el siglo de Andrés de Vandelvira, el bachiller Sabuco y el preceptor Abril. Albacete:
Instituto de Estudios Albacetenses


